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La vida de mi silencio

España

registrado desde septiembre de 2019

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Libros y reseñas

Hija del camino

Lucía Asué Mbomío Rubio

ver libro en megustaleer

Valoración: ★★★★

Un viaje que incita a la reflexión sobre el racismo y la xenofobia

Desde que vi esta novela quedé prendada de su portada llamativa y su título sugerente; cuando leí la sinopsis terminé de convencerme de que tenía que adentrarme en sus páginas. Y gran decisión la mía porque he disfrutado —y aprendido, sobre todo aprendido— muchísimo con la historia. Sabes que te encuentras ante una gran novela cuando te hace reflexionar. Este es el caso de Hija del camino, que me ha hecho cuestionarme aspectos que antes pasaba por alto. 

Sandra es una joven periodista de 32 años medio guineana, medio española, que se pasa la vida buscando su lugar en el mundo. Desde bien pequeña tuvo que enfrentarse a una sociedad que veía su piel antes que la persona que se hallaba bajo ella; rodeada de gente que la juzgaba, creció sintiéndose de ninguna parte. Con el tiempo comprendió que si se quedaba en el mismo lugar —España— para siempre, jamás descubriría cuál era su verdadero hogar. Por ello, comenzó a viajar buscando nuevas experiencias, explorando otras culturas, enriqueciéndose de personas que, como ella, se sentían ciudadanos del mundo.

Sin embargo, por mucho que sus pies se hallaran en diferentes lugares, su corazón siempre permanecía en el mismo sitio: junto a su familia. Su hermana pequeña Sara a la que Sandra siempre intentó proteger frente al racismo que a ella la acechaba día tras día; su padre Antonio, que le contaba historias de su Guinea natal y le transmitía ese amor por una tierra que nunca había pisado y su madre Aurora que vio crecer a sus hijas en un entorno que las juzgaba por su piel y que, a pesar de nunca haber pasado por lo mismo, siempre fue el abrazo que ellas necesitaban. 

Tras tantos viajes y tantas preguntas por resolver, Sandra se encuentra ahora en Londres. ¿Será por fin allí donde encuentre su hogar?

Hija del camino es una novela dividida en tres partes con capítulos titulados pero sin numerar. En cuanto a su extensión, no son ni muy largos ni muy cortos, volviendo la lectura amena y ligera. Sin embargo, un aspecto que falla en la novela a nivel estructural es que, a mi parecer, hay una falta de linealidad de lo que se cuenta que provoca que el ritmo se vuelva algo atropellado. El pasado y el presente se intercalan de forma indiscriminada en los capítulos y, lejos de resultar de ayuda al lector para construir la historia, estos saltos temporales provocan confusión. En mi caso, hallé dificultades a la hora de hacerme una idea nítida de la cronología de los momentos vitales de la protagonista. De hecho, al final de la historia tuve que pararme a pensar qué pasó en cada momento de su vida y armarlo como un puzzle en mi cabeza para que tuviese sentido. Aunque este aspecto no dificultó excesivamente mi experiencia lectora, sí me hizo descolocarme en un par de ocasiones y perder el hilo de lo que se me estaba contando.

En la misma línea de lo mencionado, otro punto negativo a destacar para mí es la mezcla de la tercera persona en presente y en pasado en la narración. Si bien es cierto que ayuda a situarnos en un momento determinado de la vida de Sandra, esta elección de tiempos verbales me sacó más de una vez de la historia. 

Por otra parte, en cuanto a la pluma de la autora, es cercana y desenfadada y de una sensibilidad reseñable a la hora de describir lo que es vivir a la sombra del racismo. A pesar de la complejidad de la temática, Lucía es capaz de acercar al lector a su realidad y hacer que se ponga en la situación de una persona racializada cuyo color de piel determina su vida y cómo los demás la ven y la perciben.

En lo referente a los personajes, los únicos que llegamos a conocer verdaderamente y en profundidad son Sandra y su familia más cercana: su padre Antonio, su madre Aurora y su hermana Sara. El resto de secundarios son más bien un telón de fondo que le sirven a la autora para escenificar el racismo desde diferentes perspectivas.

Sandra es una gran protagonista. Al principio, se nos presenta como una persona que, desde la infancia, lucha contra el racismo a su alrededor y que sabe poner a quien lo merece en su lugar. Sin embargo, conforme va creciendo se nos van mostrando sus inseguridades y cómo todo lo que ha ido viviendo ha calado en su percepción del mundo y de sí misma.

Hay insultos que transcienden las palabras, son los flecos que asoman de tejidos tan pesados y tan largos que su inicio está en otro tiempo y lugar. No siempre se da con el origen y hallarlo tiene efectos secundarios: provoca alivio y dolor al mismo tiempo.

Con los viajes consigue desprenderse poco a poco de esta carga, pues conoce a personas como ella y a otras que le enseñan lo equivocada que puede llegar a estar. De ella me ha fascinado que en ningún momento se nos presenta como una persona perfecta ni como una víctima, sino como alguien que va aprendiendo con cada paso del camino.

Todo estaba relacionado con lo mismo, con ser hija del camino, con exprimir cada sitio y luego levantar el vuelo sin equipaje, para que no le pesaran los sentimientos hacia las personas y las despedidas dolieran menos. Sandra escogió disfrutar de lo que cada trecho le ofrecía.

La hermana pequeña de Sandra, Sara es muy diferente a ella. Mientras Sandra siempre ha sido muy tímida e introvertida, Sara ha sabido relacionarse con todo el mundo. A pesar de su contexto, ambas tienen infancias muy distintas. Sandra se enfrenta a más actitudes racistas que su hermana, pues esta última tiene la piel más clara que ella. Al principio Sara no entendía muchos de los miedos e inseguridades de Sandra, pues ella no los estaba viviendo. He de reconocer que al principio me pareció una persona egoísta a quien le faltaba empatía tanto por su hermana como por su raza. Así como Sandra mostraba mucho interés por su origen guineano, la pequeña parecía más desapegada de esa parte de su historia. Sin embargo, conforme crecen y avanza la historia, te das cuenta que Sara era una víctima más de la sociedad en la que le había tocado vivir. Ella, ya de mayor, se vuelve más consciente de esto y, de hecho, es una de las personas que más le señala a Sandra que está teniendo actitudes racistas. Me hubiese gustado poder ver su evolución desde más de cerca, pero los viajes de Sandra y el hecho de que la historia está contada enteramente desde su punto de vista no han hecho esto posible.

Antonio, el padre de las niñas, es uno de los personajes más entrañables y de quien más he aprendido. Desde siempre ha llevado su país —Guinea Ecuatorial— por bandera y ese amor por su tierra lo transmite a sus hijas, sobre todo a Sandra. Trabajó en Malabo y cada vez que volvía, llevaba la maleta cargada de historias, anécdotas y noticias sobre familiares y amigos. Sin embargo, ni siquiera él estaba libre de pensamientos racistas y hacía diferencias entre unos negros y otros.

El padre de Sandra vivía en una contradicción permanente, puesto que por un lado trataba de inculcar a sus hijas un sentimiento de pertenencia a su pueblo fang, presente en varios países de África Central, pero por otro daba la sensación de que tenía la obligación permanente de contarle a todo el mundo que tenía estudios, que trabajaba, «que no era como el resto»… 

Con los años entendió que «el resto» no existía, que era una mentira muy bien construida, que ella no era la primera en nada y que el contexto era importante. 

Por Aurora, la madre, he sentido muchísima empatía. Ella, siendo blanca, no ha vivido nunca en sus carnes el racismo. Pero tiene dos hijas mestizas y un marido negro, por lo que está constantemente viendo lo injusta y cruel que es la gente con ellos. Su dolor es el de todas las personas que ven ese sufrimiento desde un segundo plano y no pueden más que intentar educar a quienes juzgan y atacan sin conocer, a quienes ven la piel antes que cualquier otra cosa.

—¿Por qué tienen que pensar mal, mamá?

—Sandra seguía sin entender.         

—Porque eres negra… Y eso no es malo, hija, pero mucha gente cree que sí, así que tienes que cambiar la idea que tienen sobre ti. […]                                                 

—Pero ¿por qué tengo que cambiarla yo, si no me conocen? —preguntó Sandra con los ojos brillantes, pero sin dejar que se le escapara ni una lágrima. 

En cuanto a los personajes secundarios son tantos que solo puedo decir que todos, absolutamente todos, le enseñan algo a Sandra y al lector. Todas las personas con las que se encuentra en su vida y sus viajes la harán crecer como persona y comprender mejor el mundo y a sí misma.

—Las excepciones no existen porque no existen personas que sean la regla. Ninguna comunidad es homogénea, por eso no deberíamos hacer lo que nos han hecho.                                                   

—¿El qué?                                                                                                                                               

—Juzgarnos.

En esta historia me ha ocurrido que no he sabido determinar exactamente su trama. Es simplemente la historia de una vida que, en ocasiones se me asemejaba tan real que podría haber pasado perfectamente por la autobiografía de la autora. Por otra parte, esa falta de trama a veces me hacía pensar que este libro hubiese funcionado también muy bien como antología de relatos sobre racismo y xenofobia. 

Lo que más me ha gustado, y el eje principal de la historia, es que el racismo se nos presenta desde múltiples vertientes. Una cosa que aprendí con Hija del camino es que incluso quienes lo sufren en sus propias carnes pueden presentar actitudes racistas y xenófobas, porque la sociedad así les ha enseñado.

El endorracismo, una forma atroz de autodesprecio derivada de la interiorización de los estereotipos que existen en torno a lo que se supone que es ser negro. «Para ser negra eres guapa», «fíjate qué buenas notas saca, y eso que es negra», «es negra, pero no da problemas», «ya sabes cómo son los negros» o «pero si tú de negra solo tienes el color», eran frases que ella combatía y que llevaba prendidas en las entrañas. Quitarse esos prejuicios no era tan fácil, requería darse la vuelta como un calcetín y arrancarse los ojos para cambiar su mirada.

Aprendes, junto a quienes lo sufren, todos aquellos aspectos que nosotros damos por hecho pero que ellos no tienen. Por ejemplo, la representación. 

Para Sandra, crecer sin referentes era como caminar sin rumbo y sola; como caerse muchas veces, limpiarse el polvo de las rodillas y continuar.

Uno de los momentos que más me gustaron de la historia fue cuando Sandra cae en la cuenta de que en su biblioteca casi no había presencia de autores y autoras negros. Poco a poco, junto a su padre, empieza a descubrir que no es que no existieran, sino que nadie se los había presentado aún.

Juntos exhumaron la historia enterrada y juntos recibieron el abrazo de una realidad en la que las personas negras no eran eternas segundonas sino protagonistas, héroes y heroínas. Primero los leía Sandra y después él, o a la inversa, y los comentaban. Cada página les daba un motivo para recordar que eran importantes, que existieron y que existían. 

Y, por encima de todo, la historia enseña al lector a reconocer sus propios actos racistas que, aunque no los entendamos como tales, pueden dañar a la otra persona y hacerla sentir inferior. Gracias a la historia de Sandra he aprendido a cuestionarme todas esas frases que decimos y que para nosotros no tienen importancia, a frenar y reflexionar acerca de los prejuicios que nos acompañan desde bien pequeños y también a empatizar con el prójimo. Nunca sabemos por lo que la otra persona pasa —ya no solo en lo referente al racismo— y no está de más hacer un ejercicio de reflexión acerca de la importancia de ser amables y educarnos en aquello en lo que somos ignorantes. 

En cuanto al final, me ha parecido el más adecuado para esta historia, aunque bien es cierto que me hubiese gustado un desenlace más cerrado. 

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Tu mirada en mi piel

Elena Montagud

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Valoración: ★★★★

Una historia sobre el pasado, el dolor y la culpa pero, sobre todo, de la importancia de perdonarse a uno mismo.

Últimamente la vida de Carol se ha vuelto monótona y aburrida con Samuel. Ya no se divierte como antes, no viaja, no baila y, para colmo, él ya no la satisface como solía hacer. Ella intenta por sus medios cambiar esa situación, darle un empujoncito a su novio para volver a recuperar la chispa del principio; cual es su sorpresa cuando le encuentra en la cama con otra mujer. A partir de ese momento Carol tiene que replantearse su vida y reflexionar acerca de su relación y, justo cuando cree que nada puede ir a peor, recibe una llamada del pueblo donde creció. Su tía Matilde, la persona alrededor de la que gira su mundo, estaba enferma y ha empeorado. Sin pensárselo dos veces pone rumbo hasta La Puebla desde Barcelona para estar con ella. 

En su viaje su vida se cruza con la de Isaac, un escritor de lo más frío y antipático que está de paso porque quiere ambientar su historia actual allí. Carolina, a lo largo de su estancia en el pueblo irá teniendo más y más encuentros con él, a cual más desconcertante. Sin embargo, esta actitud lejos de producirle rechazo, a Carolina la atrae sobremanera. Por otra parte, fruto de su vuelta, a Carolina empieza a acecharle el recuerdo de Gabriel, su mejor amigo de la infancia. Todos los rincones del pueblo están teñidos de él. ¿Cómo lidiará la protagonista con tantas emociones? La enfermedad de su tía, la aparición de Isaac, su memoria… Por suerte contará con el apoyo de sus fieles amigas Cristina, una compañera del trabajo, y Daniela, quien vive en Australia junto a su novio Oliver. 

Tu mirada en mi piel consta de cuatro partes y un epílogo y está narrado en primera persona por Carol, la protagonista. Durante la primera mitad del libro pensé que se trataba de una historia de amor sin más pero, según iba avanzando me di cuenta de que había algo más importante entre sus páginas. Un mensaje crudo pero muy potente por el que vale la pena adentrarse en las letras de Tu mirada en mi piel.

Otro de los aspectos a destacar de forma positiva de la novela es la construcción de los personajes. Ninguno de los ellos —ni siquiera los secundarios— termina igual que como comenzó. Hay una evolución palpable en cada uno y eso es de agradecer ya que, incluso sin tener el foco puesto sobre ellos, la autora ha dedicado su parte de historia y de desarrollo a todos.

Sin duda, la vida puede trastocarse de la noche a la mañana sin previo aviso y romperte el corazón en miles de pedazos. Vamos cerrando ciclos, vamos transformándonos. Nunca permanecemos en el mismo lugar durante mucho tiempo. Amamos las llegadas y nos horrorizan las despedidas. Pero, precisamente por ello, debemos adaptarnos. 

Carol por su parte me ha fascinado como protagonista pues exhibe una fuerza y un carácter dignos de admirar. Ante el personaje de Isaac temía que perdiera esa característica y se volviera más voluble y sumisa como suele ocurrir en romántica; por el contrario, es ella quien toma las riendas y pone los puntos sobre las íes cuando es necesario, además de no achantarse ante él en ningún momento. Con una personalidad arrolladora se encarga de hacerse valer, incluso cuando más vulnerable se siente ya no solo ante el amor, sino ante la vida en general.

Isaac es… Complicado. Tanto para Carol como para el lector. Como no se cuenta con una narración desde su punto de vista, muchas de sus actitudes no se entienden. Unas veces frío y distante, otras cercano y cariñoso. Te vuelves loca junto a la protagonista intentando comprender qué hay tras su máscara. Voy a ser sincera: no le soportaba durante más de la mitad del libro. De hecho a cada cosa que hacía ponía los ojos en blanco porque no tenía sentido alguno. Ahora bien, ¿por qué no lo voy a contar como punto negativo? Porque llega un momento de la historia en que lo entiendes todo. Aun así sí que voy a recalcar que se tarda mucho en descubrir la verdad tras Isaac. No me gustó pasarme tanto tiempo odiándole, incluso cuando tenía sus pequeños momentos de calidez. Si hubiese sido de las personas que abandonan historias si no les convencen seguramente hubiera desistido con esta y me hubiese arrepentido.

Isaac me confundía. Hosco, amable. Impertinente, comprensivo. ¿Cuál era el auténtico? ¿Los dos, acaso?

La tía me había dicho en una ocasión que del lado seductor, agradable y brillante de una persona cualquiera se enamoraba, pero que lo verdaderamente difícil era hacerlo del lado oscuro de alguien, ese que no es perfecto.  

La historia de amor es, como os podréis imaginar, un tanto tortuosa. Hay muchas idas y venidas, pues Isaac no tiene las cosas claras y Carolina siempre tiene que estar tirando de él. Sin embargo, en ese tira y afloja se crea una dinámica muy interesante porque se puede apreciar cómo van haciéndose hueco el uno en la vida del otro. Además se complementan de forma perfecta, pues Carolina le devuelve a él las ganas de vivir de forma plena mientras ella recupera esa vitalidad que la caracterizaba.

El problema residía en que Isaac había aprendido a apagar su corazón y yo, en cambio, no contaba con un interruptor para controlar el mío. 

Muy poquito a poco y sin gran ruido, ignorándolo completamente, Isaac iba metiéndose en mi piel, en mi carne, en mis pensamientos y en mi forma de ver la vida.

Lo que no he logrado disfrutar ha sido con el exceso de escenas de sexo. Mi problema con este punto ha sido que muchas situaciones complicadas terminan en la cama y, para mí, de este modo el momento pierde bastante peso, me desconecta de la historia. Con menos escenas eróticas se podría haber llegado al mismo puerto. Eso sí, es de agradecer que todas ellas están muy bien descritas, que me parece una tarea realmente complicada a nivel literario, pues hay una delgada fina entre lo erótico y lo soez.

En cuanto a los personajes secundarios quienes me robaron el corazón fueron Matilde y Gabriel. Gabriel, solo está presente a través de los recuerdos de la infancia de Carolina por motivos que no mencionaré para evitar spoilers. Gabriel era un niño reservado pero capaz de alegrar la vida a quien quisiera compartirla con él. Le encantaba bailar y, cuando lo hacía, se olvidaba de todo lo demás. Incluso de aquello que no podía contar. Junto a Carolina y su tía formó una tierna familia basada en el amor y apoyo mutuo. Y aquí es donde entra Matilde, siempre con sus enseñanzas y sus brazos abiertos. Matilde es una mujer realmente entrañable que vamos conociendo poco a poco a través de Carolina, que siempre la tiene en la boca en forma de recuerdo o de lección.

Carolina, no puedes juzgar a los demás desde tus sentimientos porque no siempre entendemos los motivos o las decisiones de los otros. 

La amistad también es un tema recurrente y de gran importancia. Con Daniela se comunica vía Skype dada la distancia que las separa; con Cristina se ve a diario en el trabajo y comparte una relación de lo más divertida. Ésta última cuenta con una historia a través de la cual la autora trata temas que cada día preocupan más a las mujeres SPOILER como son el aborto y la maternidad en edad avanzada FIN DEL SPOILER. Cada una de sus amigas aporta su grano de arena en hacer que la vida de Carolina —que ha pasado por momentos realmente duros— sea más llevadera.

Para terminar, el final resuelve todas las dudas y cierra todos los frentes abiertos. Yo, que había tenido dudas acerca de cómo me sentía respecto a la historia, llegué a emocionarme con un desenlace que deja tras de sí un mensaje desgarrador a la par que esperanzador acerca del perdón y la culpa. SPOILER También considero magistral la forma que tiene la autora de retratar el maltrato y abuso infantil, dejando claro que no todas las cicatrices son visibles FIN DEL SPOILER

Soltar no significa olvidar, sino avanzar.

Pedir perdón es de valientes, pero perdonar lo es todavía más. Perdonar no cambiará el pasado, pero sí el futuro. 

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Flores y Rejas

Mireya Maldonado Hualde

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Valoración: ★★★

Una visión conmovedora de la vida en la cárcel

Alma lleva 15 años trabajando como psicóloga en una cárcel de delitos leves. Cuando llegó a la ciudad era una persona introvertida a la que le costaba relacionarse y que observaba la vida pasar desde su ventana. Sin embargo, cuando conoció a Nuria —su compañera de trabajo  y profesión—y a Paco —con quien Nuria compartía piso—, su visión del mundo se amplió y comenzó a sentirse realmente en casa. De ese modo, pasaron los años y Alma vio como como su vida social y su vida profesional —que disfrutaba enormemente— se iban asentando. 

Todo cambia cuando Nuria decide irse un tiempo a realizar un curso sobre violencia de género. Alma tendrá que reinventar su amistad con Paco y adaptarse al nuevo psicólogo del centro penitenciario, Ricardo, con quien tendrá más de un enfrentamiento por sus diferentes posturas ante la terapia de los internos. ¿Será capaz la protagonista de afrontar con éxito esta nueva etapa de su vida?

Flores y rejas es una historia estructurada en tres partes y contada en primera persona en la que Alma nos desvela los entresijos de la vida carcelaria y también nos relata su día a día tras salir del trabajo.

En la cárcel Alma tiene sesiones de terapia con los internos que le corresponden por apellido (los demás los tiene asignados Nuria). De algunos de ellos nos cuenta el delito —ninguno de ellos grave— junto a la historia de su vida, ayudando al lector a comprender mejor la situación que les llevó a delinquir. Fuera de la cárcel sale por la ciudad con Nuria y Paco, con quienes comparte una amistad preciosa. Ninguno de sus trabajos es fácil —Paco es reportero de campo—, por lo que se apoyan mutuamente y reflexionan acerca de temas trascendentes, de los que el lector puede sacar grandes lecturas.

El primer aspecto a destacar es que es una lectura ágil. Coges el libro y cuando quieres darte cuenta ya has leído la mitad. Además usa un lenguaje desenfadado que combina con un lenguaje poético, creando una historia equilibrada y que invita a la reflexión con temas como la violencia de género o la situación de los refugiados entre otros.

Hay cicatrices que solo pueden verse desde la desnudez, incluso las del alma.

En la historia también se ensalza la importancia de la amistad. De hecho, si no hubiese sido por Paco y Nuria, Alma hubiese seguido encerrada en sí misma en una cárcel que nada tiene que ver con las rejas. Además, también trata de reinventar relaciones cuando se producen cambios inesperados como por ejemplo la marcha de Nuria a otra ciudad. Paco y Alma tienen que reconstruir su amistad sin la presencia de su amiga, con la que compartían todas las experiencias.

Pero, sin duda alguna, el punto fuerte de la novela es la cárcel y todo lo que gira entorno a ella.

Cuántas veces he pensado en lo pequeñas que son las ventanas en las cárceles, donde tanta gente sueña con volar. Entiendo sus rejas, pero no su tamaño. 

Se aprende con la historia el protocolo que se sigue desde la entrada en prisión de un interno hasta su salida, además de conocer de primera mano el tipo de terapia psicológica que se usa con ellos. Como psicóloga, este último punto me ha resultado de lo más interesante, pues a pesar de compartir profesión con la protagonista, su ámbito de trabajo es muy diferente al mío y he podido aprender un poco de ella a nivel profesional.

Es algo que me apasiona de mi trabajo, que la gente te abre la puerta de su alma para que puedas entrar a mirar y, si es posible, que se la ordenes un poco antes de salir. 

Si algo pretende —y consigue— la autora es humanizar a los presos.

¿Sabíais que la población carcelaria tiene más problemas de vista cansada que el resto de gente? Es porque su horizonte termina en los muros de la cárcel y no pueden mirar más lejos. Es triste, ¿verdad? Y nosotros que podemos no lo hacemos. 

La soledad es ese nombre femenino que te asignan nada más entrar en prisión y te acompañará durante toda tu estancia, como una eterna presencia que llevarás atada a tu ser cada día, cada hora, mientras duermes y mientras sueñas. Penetra en el alma más que cualquier otra cosa y su peso puede llegar a ser insoportable. Por eso, en la cárcel las personas se hunden en un pozo de tristeza. Es la otra cara de la violencia, fría y sin estridencias. 

Además, para hacerlo utiliza un recurso muy útil: contrapone su visión del mundo carcelario con el de otro personaje que entiende que los presos dejaron de ser personas en el momento en el que pisaron la prisión. De este modo nos encontramos con dos terapias: la terapia más humana y la terapia centrada en el delito. Cierto es que los delitos de esta historia son leves y es más fácil ponerse del lado de los internos; si se tratara de delitos más graves al lector le costaría muchísimo más aceptar esa visión humanista de la cárcel.

No somos tan diferentes, todos tenemos fortalezas y debilidades, miedos, fracasos y logros. Por eso, debemos intentar que los internos no pierdan su identidad: la tentación de identificar a una persona con su crimen o su enfermedad es grande. Es importante saber acercarnos a la persona.

Me resultaba injusto dejarlo atrapado en un único momento de su vida, en el peor, deshumanizándole y reduciéndole a su delito, porque sentía que era lícito permitirle emerger de ahí y sacarlo de esas cuatro líneas de hechos probados que le condenaban para siempre.  

Ahora bien, ¿qué no me ha convencido de Flores y rejas? En primer lugar, la escritura es muy caótica en algunos momentos y deja cosas sin explicar, dando por supuesto que se ha entendido lo que ha ocurrido. Un ejemplo de ello es la trama de amor, que es inconsistente, está poco narrada —faltan por relatar muchas escenas para que tenga sentido— y no aporta casi nada a la historia. La autora da muchos rodeos y empieza hilos que luego no sabe cerrar.

Este punto negativo es una tontería pero más de una vez me ha hecho poner los ojos en blanco durante la lectura. Se utiliza muchísimo la expresión «mi niña», al nivel de que casi nunca llaman a Alma por su nombre. Desconozco si es una técnica de la autora para enviar algún tipo de mensaje pero, si es así, a mí no me ha llegado y ha hecho que la lectura fuera incómoda en algunas partes.

Para terminar, el final deja muchos frentes abiertos y terminas el libro con la sensación de que le faltan bastantes páginas.

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